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Una antigua leyenda
nos habla de un joven marinero enamorado de una hermosa mujer, pero
eran tan pobres que no se podían casar. Un día, soñando
frente al mar, se le apareció una sirena que se enamoró
de él y le invitó a ir con ella, sin embargo el joven
le habló de su enamorada y del inconveniente que les impedía
estar juntos. La sirena, compadeciéndose de los enamorados,
le regaló una fantástica caracola que cada vez que
su novia la escuchaba, le inspiraba a crear encajes y ésta
los daba a conocer a sus vecinas.
Otra de las leyendas más conocidas
con respecto al origen del encaje en Galicia, nos dice que uno de
los muchos barcos italianos que pasaban frente a las costas de Camariñas
naufragó debido al fuerte oleaje, siendo muy pocos los supervivientes.
En agradecimiento a la ayuda prestada por la gente de estas tierras,
que les dieron posada y comida, una dama italiana que viajaba en
este barco, enseñó el arte de palillar a las mujeres
de Camariñas, desde donde se extendió por toda la
costa gallega.

De lo que no cabe duda, leyendas a parte, es que el intenso
trasiego comercial entre Italia
y Flandes a finales de la Edad
Media pudo propiciar el origen del encaje en nuestro país,
ya que los comerciantes italianos, además de vendernos sus
encajes, dejaron modelos que las encajeras incorporaron a sus prácticas
artesanales. Estos comerciantes fueron también los compradores
de estas labores mucho antes de que las propias palilleiras se atreviesen
a venderlo en las comarcas cercanas, según afirma Mario
Gallego Rei en su estudio "Os encaixes" (Vigo,1989).
Tampoco se puede olvidar la importancia que el Camino de Santiago
tuvo para la introducción de variadísimos elementos
culturales procedentes de toda Europa. Durante los siglos de su
apogeo, reyes, nobles y una multitud anónima viajaron a Santiago
donde dejaban sus ofrendas al Apóstol, para, en muchos casos,
continuar hasta Muxía -localidad vecina de Camariñas-
y Fisterra, donde tras pasar por las comarcas de Bergantiños,
Vimianzo y Corcubión, alcanzaban el mítico Finisterrae.
La entrada de encajes flamencos que se produce desde finales del
siglo XIV se evidencia en los inventarios realizados con motivo
de visitas pastorales, en las que se cita la presencia de "encages
de Flandes" en los ajuares ornamentales sagrados.
Existen referencias a piezas de encaje variado, en uso y tamaño,
en inventarios y otros documentos de los siglos XV
y XVI.
Antonio
López Ferreiro, historiador y canónigo de la
catedral de Santiago, da a conocer lo extendida que está
esta artesanía en nuestras tierras cuando dice que en el
siglo XV " ...Otra industria importante
era la de los lienzos, pues llegaron a tejerse algunos muy buenos,
como se aprecia por los que llevaban los nombres de Padrón,
Coruña, Allariz y Neda, de los lugares donde se fabricaban.
También se trabajaban buenos encajes, especialmente en Corcubión,
Bergantiños y Mugia..."
Se puede deducir que no había pazo o rico ajuar que no
estuviese dotado de buenos paños ornamentados con encaje.
Hacia 1520 El conde Fernando
de Andrade partió hacia Flandes, para participar en
las guerras que en esa época ocupaban a Europa, con muchos
nobles gallegos y un numeroso ejército de la comarca de Pontedeume
(A Coruña), donde se encuentra el castillo de los Andrade.
A su vuelta, estos hombres no sólo vinieron con modelos,
muestras y encajes, sino que también regresaron casados con
mujeres que conocían la práctica de esta labor. De
esta manera se introducen nuevos modelos y técnicas que se
expandirán fácilmente por el litoral norte gallego.
También se sabe que en el primer cuarto de este siglo y
desde la villa de Muros, como probablemente
desde otros puertos, partían barcos que hacían largos
viajes a Portugal, Andalucía, Francia, Flandes, Inglaterra,
Italia.., todos ellos lugares de trabajo o recepción de encajes.
Desde el siglo XV se había extendido el uso de encajes
en vestimentas y ajuares, siendo en el XVI cuando la nobleza y clases
más pudientes impusieron la moda de llevar encajes en las
ropas, favoreciendo su definitivo desarrollo debido al aumento de
la demanda. También
las mujeres de la nobleza rural y de la burguesía tomaron
como entretenimiento la elaboración de finos encajes.
Durante
este siglo se suceden pragmáticas que intentan contener el
imparable gusto por el lujo, llegando incluso Felipe
II a prohibir el uso del encaje. Estas ordenes reales no
parece que fueran muy acatadas ya que en el siglo
XVII, y esta vez Felipe III,
vuelve a prohibir su utilización, pero no por ello dejaron
de utilizarse en puños, cuellos, velos, pañuelos,
ajuares sagrados y domésticos. Sin embargo, hacia 1690 se
detecta en España una importante disminución en la
producción, debido sobre todo a la entrada de encajes extranjeros,
franceses en su mayor parte.
Con la llegada de la dinastía borbónica se abre
el siglo XVIII y un interés por
parte del Estado en potenciar la economía nacional. Sin embargo,
habrá que esperar al último cuarto del siglo para
ver la primera planificación de la industria española
en el "Discurso de la Educación popular" del marqués
de Campomanes, publicado en 1774 y que supone un claro reflejo de
los postulados ilustrados, proteccionistas y tendentes a paliar
la deficitaria balanza de pagos española. En la advertencia
preeliminar del discurso sobre el fomento de la industria popular,
se refiere a la intención de promover esta industria por
medio de las Sociedades Patrióticas de los Amigos del País,
con la ayuda de Obispos, Cabildos, Comunidades eclesiásticas
y párrocos de villas y aldeas, demostrándose que con
la industria "gana la balanza del país industrioso sobre
los rudos y faltos de artes".
Galicia ya contaba con una importante producción de lino,
que fue la base del desarrollo de la manufactura de lienzos y encajes
gallegos, llegando a tener que importarlo en el siglo XVIII. Hasta
este momento el hilado se hacía con rueca, pero las transformaciones
encaminadas al progreso del sector textil provocarán la potenciación
del uso del torno, para obtener una mayor perfección en el
hilado. Así, la Sociedad Económica
de Amigos del País de Santiago, fundada en 1785, fabricó
tornos y los repartió entre las artesanas, además
de establecer escuelas para el aprendizaje de su funcionamiento.
Sin
embargo, al carecer Galicia de una política aduanera propia,
o que protegiera sus intereses, se mostraba indefensa ante el comercio
extranjero o de otras zonas de la Península más desarrolladas.
El Corregidor de Ferrol proporciona, en 1770, una lista de productos
extranjeros que entran en los puertos del Departamento y entre otros
datos dice "... De los Países del Norte, y otros del
Mediterráneo entran en el Puerto del
Ferrol, Embarcaciones Holandesas, Dinamarquesas, Suecas y
otras, con Terciopelos, Damascos, Medias, Gorros, Encages, Hilo,
Blondas y Puntas para mantos..."
Las dificultades para la expansión
del comercio interior, debidas sobre
todo a la fuerte competencia de otros centros encajeros, se ven
agravadas por la precariedad del transporte y las vías
de comunicación.
Aún así, en el siglo XVIII se produce
una expansión de la manufactura
del encaje de bolillos en Galicia. Se supone incluso que fue entonces
cuando en Galicia se cambió el nombre de bordadora por el
de encajera o palilleira.
La Iglesia también fue una
gran consumidora de encajes, las piezas antiguas que en mayor cantidad
han llegado hasta nosotros son las pertenecientes a ornamentos sagrados
como frontales y manteles de altar, vestiduras sacramentales e indumentaria
de imágenes religiosas. La iglesia se nutría de estos
accesorios bien a través de ofrendas y donaciones - de particulares
y de cofradías- o bien comprándolos, como podemos
comprobar en la documentación que sobre la iglesia
parroquial de Camariñas se conserva en el Archivo Histórico
Diocesano de Santiago de Compostela.
En estos Libros de Fábrica,
inventarios de las administraciones parroquiales, se puede ver la
relación de compras de encaje para la iglesia
de San Xurxo, desde el año 1737
al 1846. Piezas de encaje para vestiduras sacerdotales como
albas, amitos, corporales, roquetes, cornijales ( que en estos textos
llaman cormi-altares) También figuran en esta relación
ornamentos para las vestimentas de las imágenes, como es
el ejemplo de la cofeta o tocado de la imagen de Santa Mariña.

Datos relevantes referidos al encaje durante este siglo nos los
proporciona el Catastro del Marqués
de la Ensenada, ministro de Fernando VI. Se trata de un valioso
censo realizado a mediados de siglo que contabilizaba las riquezas,
bienes y población de los reinos de Castilla y León.
Por él se sabe que, por ejemplo, en la ciudad de Pontevedra
había 320 encajeras y 13 comerciantes de encaje (cifras reveladoras
de que en esta época era el sector artesano más numeroso)
y así mismo se menciona la existencia de maestras y oficialas,
pese a carecer de un gremio regulador de la profesión. También
se citan otras localidades productoras de encaje en la provincia
como O Grove y la jurisdicción de Trasdeza.
Otra obra fundamental para el estudio de esta artesanía,
es la realizada por el economista Eugenio
Larruga, que en sus "Memorias políticas y económicas
sobre los frutos, comercio, fábricas y minas de España",
publicadas en Madrid entre los años 1787 y 1800, hace mención
a diversos lugares en Galicia donde se hacía encaje y señala
que "la mayoría de las mujeres se ejercitan en hacer
encajes de hilo que ellas mismas preparan y que sirven para guarnecer
ropas, pero no hay fábrica formal".
En 1786 la Junta General de Comercio y Moneda
trata de establecer una serie de instrucciones dirigidas a todas
las manufacturas españolas, con el fin de frenar el fraude
que generaban comerciantes extranjeros en América vendiendo
como suyos productos fabricados en España. Para ello, se
dirige al erudito historiador y prolífico escritor José
Cornide (1734-1803), quien ocupó diversos cargos públicos
bajo el reinado de Carlos III, solicitando que complete la relación
de manufacturas gallegas conocidas por la Junta. En este listado
aparecen citadas Noia y Tui como lugares en los que se produce encaje.
En
su respuesta, Cornide, refiriéndose al encaje señala
: ..."Los encages bastos son ocupación de casi todas
las mugeres de la costa desde esa Ciudad (A Coruña) hasta
la Guardia (Pontevedra)..."
Estas cartas nos indican las acciones proteccionistas
del estado ilustrado con respecto a las exportaciones y también
sitúa la geografía del encaje por casi todo el litoral
gallego.
Es en el último tercio del siglo XVIII cuando se abre para
Galicia el mercado colonial, la emigración contribuyó
en la penetración de los productos gallegos en los mercados
americanos y existe un gran paralelismo entre la difusión
del encaje y la geografía de la emigración.
El fenómeno migratorio constituye el aspecto más
definitorio de la población gallega a partir, sobre todo,
del siglo XIX. Se desconoce la magnitud de la emigración
de la primera mitad de este siglo, que no debió de ser muy
significativa debido al aumento de población que se registra
en Galicia, pero a partir de la segunda mitad del siglo se produce
un imparable éxodo que llevará a una gran cantidad
de gallegos a Cuba, Argentina y México. Serán por
lo tanto éstos, los principales destinos de los encajes gallegos.
La producción tenía que ser abundante por los datos
que proporciona José Lucas
Labrada, en su Descripción Económica
del Reino de Galicia (1804), donde dice a cerca de Camariñas
"...que en toda la jurisdicción se dedicarán
unas trescientas mujeres a la fábrica de encajes ordinarios
de hilo, que benefician dentro y fuera del país". También
aporta datos referentes a otras localidades en las que se elabora
encaje.
Por la abundante correspondencia
conservada entre el importador de encajes Manuel
Miñones, de Ponte do Porto (Camariñas) y la
firma comercial argentina "Peña y Bernardo" se
deduce que hacia finales del siglo XIX se ve incrementada la presencia
de encajes en el mercado americano.
Estas cartas aportan, además, otros datos que revelan el
aislamiento en cuanto
a comunicaciones que sufría la comarca, la preferencia por
las puntillas estrechas
y la exigencia de calidad en los productos enviados. También
nos informan de la fuerte
competencia que existía, a partir de los primeros años
del siglo XX, entre los exportadores gallegos y de otros centros
encajeros, como Almagro o Cataluña.
En 1901, Francisco M.
Balboa, gran comerciante de encajes de Muxía, señala
en un artículo que en el partido judicial al que pertenece
Camariñas ocho o diez mil mujeres y niñas se dedicaban
a la elaboración de encajes. Aporta cifras referentes a la
exportación que resultan elocuentes :
|
Cajas
|
Kilos
|
Destino
|
Valor en PTS
|
|
63
|
5910
|
Cuba |
403.882
|
|
45
|
4569
|
Argentina |
192.163
|
|
6
|
720
|
México |
46.690
|
|
5
|
575
|
Purto Rico |
39.875
|
|
2
|
195
|
Chile |
14.000
|
Estos datos muestran que el mayor volumen de ventas se realiza
en Cuba, seguida de Argentina, y en menor medida en los otros países
aquí señalados.
Con respecto a las ventas en Galicia, calcula que la cifra ascendía
a 50.000 pesetas.
En el año 1905 las cifras se incrementan y Alfredo García
Ramos facilita las siguientes cantidades :
|
Puerto
|
Kilos
|
Destino
|
Valor en PTS
|
|
A Coruña
|
7518
|
Cuba |
708.074
|
|
Vigo
|
544
|
Cuba |
54.000
|
|
A Coruña
|
960
|
Argentina |
76.000
|
|
Vigo
|
3585
|
Argentina |
210.365
|
|
A Coruña
|
1336
|
México |
90.189
|
De esta información se deduce que Cuba
sigue siendo el país más consumidor de encajes, posiblemente
debido al alza del precio del azúcar, y que del puerto de
A Coruña sale más mercancía para Cuba y del
de Vigo para Argentina.
Resulta interesante señalar las alusiones que hace García
Ramos a cerca del fraude
que se produce en el comercio americano, ya que según indica,
se vendían encajes de otros lugares como si fueran de Camariñas.
Un escritor anónimo afirma en un artículo de La
Voz de Galicia de 1914, tener casas abiertas en Buenos Aires,
Río de Janeiro, San Juan de Puerto Rico y Nueva York, y enviar
mercancías a Chile, Uruguay, Ecuador, Cuba y México.
Dice que la producción de estos encajes generan en la comarca
medio millón de pesetas anuales. Lo que nos indica la gran
dimensión que alcanzaron las exportaciones en este primer
cuarto de siglo.
Uno de los inconvenientes que, históricamente, ha venido
sufriendo el encaje de Camariñas, ha sido la falta
de organización, tanto en la producción como en
la distribución, así como la carencia de una cobertura
legal o jurídica que ampare al sector.
Desde la Edad Media se sucedieron intentos para regular las producciones
artesanas, la gran cantidad de ordenanzas y pragmáticas reales
que se promulgaron, son buena prueba de ello. También la
Ilustración se propuso establecer una serie de medidas que
favoreciesen el desarrollo de las artesanías y la racionalización
de su producción. Ya comenzado el siglo
XX, en el año 1915, se crean en Madrid una Junta
y un Taller Central de Encajes, dirigidos por la Condesa
de Pardo Bazán y la Marquesa de Figueroa, entre otras,
que tenía como objetivos la creación de un consejo
técnico, la realización de diseños típicamente
españoles, la comercialización del encaje en el extranjero
e iniciar proyectos de propaganda. Incluso visitaron al Ministro
de Fomento "para pedir subvenciones para el establecimiento
de industrias encajeras".
Sin embargo estas medidas poco influyeron en el sector encajero
de Camariñas que, debido a la fuerte centralización
estatal, prácticamente no se benefició de estas iniciativas.
En estos años, la revista madrileña
Nuevo Mundo se interesó por la
realidad del encaje gallego y ofreció una serie de reportajes
que aportan una valiosa información. Así se sabe,
por ejemplo, que el salario medio de una palillera en 1914
era de unos seis reales diarios, que los encajes de Camariñas
se hicieron imprescindibles, debido a su aceptación, en los
comercios argentinos, cubanos y mexicanos, hace referencia a que
los encajes gallegos son elaborados por mujeres de diferente clase
social, a diferencia de otros lugares en los que las mujeres dedicadas
a esta labor son, sobre todo, de clase media. Entre otras noticias,
también hace referencia a las consecuencias que originó
el estallido de la primera contienda mundial.
La Primera Guerra
Mundial provocó que países productores y exportadores
de encaje como Alemania, Francia, Inglaterra, Países Bajos
y Bélgica, entre otros, tuviesen que abandonar la producción
debido a las circunstancias. De esta situación sacaron provecho
los encajes de Camariñas y de otras zonas de la Península,
que mejoran su situación en los mercados nacionales, europeos
y en América.
Sólo en la provincia de A Coruña había en
1921 más de veinte mil mujeres
y niñas dedicadas al encaje y un año antes, se vendió
mercancía por más de tres millones de pesetas, recibiendo
Cuba las dos terceras partes del total.
Esta situación de bonanza se mantuvo hasta los años
1926 y 1927, fechas en las que las exportaciones
a América descendieron a niveles insignificantes. Las razones
fundamentales para esta pérdida de mercado fueron el cambio
de moneda en varios países de aquel continente, la revalorización
de la peseta y las crisis comerciales que sufrieron Argentina y
Cuba durante aquellos años.
Las siguientes décadas, con la Guerra
Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, también
supusieron una recesión en el encaje gallego por las consecuentes
crisis económicas, la falta de poder adquisitivo y por la
pérdida de los canales tradicionales de distribución.
Aún así, la producción no llegó a paralizarse,
ya que se seguía abasteciendo al mercado interior.
La
dictadura del general Franco fomentó
la revalorización de las artesanías nacionales y se
tomaron beneficiosas medidas para la promoción del encaje
de Camariñas y para mejorar la precaria situación
económica de las palilleras. Se organizaron exposiciones
en las que estaba presente el encaje camariñán y,
en 1948, la Sección Femenina creó el Taller de Capacitación
Profesional de Juventudes de Camariñas. Como bien señala
Xosé Luis Blanco Campaña, esta escuela supuso no sólo
el que muchas mujeres aprendieran la técnica del encaje,
sino también el reconocimiento de la importante labor de
las palilleras.
Este taller estuvo en funcionamiento ininterrumpidamente hasta
1978.
A partir de 1970 se produce un resurgimiento de la artesanía
y un importante incremento de la producción. A finales de
esta década se celebraron en el Museo Provincial de Pontevedra
dos exposiciones que colaboraron notablemente al conocimiento y
difusión del encaje entre la población ajena al entorno
de Camariñas.
El erudito y escritor Xosé Filgueira
Valverde, director del museo en aquel momento, escribió
al respecto :
"La Exposición de Encajes de Camariñas constituyó
una agradable sorpresa, sin duda es una de las más motivadoras
que lleva instalado hasta ahora el Museo. El número y variedad
de piezas y el mundo de sus utensilios de trabajo, en sus diferentes
fases, hacen comprender nítidamente la parte popular de las
palilleiras"
Desde comienzos de 1980 los encajes
han estado presentes en, prácticamente, todas las exposiciones,
ferias y muestras de artesanía gallega. Al mismo tiempo que
surgen nuevos talleres y asociaciones de artesanas que organizan
cursos, exhibiciones, encuentros, etc., sin olvidar el apoyo institucional
que, sin duda, resulta necesario para la consolidación y
promoción del sector encajero de Camariñas. Cabe señalar
al respecto la importancia de la promulgación de la Ley
de Artesanía de Galicia, en 1992, que supuso :
- Establecimiento de las zonas de interés artesanal.
- Regula el registro y talleres artesanos.
- Se crea un certificado de calidad artesanal.
- Se constituye la Comisión Galega de Artesanía.
- La creación del Centro Galego de Artesanía e
o Deseño por la Diputación de Lugo.
En la actualidad el encaje de bolillos
sigue siendo una actividad de gran importancia para la economía
local y es creciente el numero de artesanas que se dedican a esta
labor. De esta manera también se contribuye a mantener viva
una tradición secular que enriquece el patrimonio cultural
de nuestro país.
En cuanto a la organización de la
producción, ya se ha señalado que el sector
encajero gallego careció tradicionalmente de una estructura
que favoreciese su desarrollo y, sobre todo, que protegiese a las
artesanas. En un principio era una actividad doméstica que
proporcionaba unos ingresos fundamentales en épocas en las
que, debido al mal tiempo, los marineros no podían hacerse
a la mar y por lo tanto, escaseaban los ingresos. Las labores realizadas
se vendían en los mercados o ferias locales.
En el momento en que aumenta la demanda y la producción,
aparece la figura del llamado "acaparador" o intermediario
y las artesanas pierden el control de su propio trabajo sometiéndose
a los encargos y precios que estos comerciantes les imponen.
En un artículo publicado en la voz de Galicia, en 1917,
se puede leer "...Tanto más pasmoso es aquel resultado
- del cual si la numerosa mayoría de las palilleras se da
cuenta, pues quien rige el negocio son los opulentos acaparadores
y las diestras "tratantes" o maestras de taller- tanto
más cabe ponderarlo, cuanto que la industria es imperfecta
y carece desde el punto de vista industrial de verdadera organización..."
Ninguna palilleira se enriqueció con su trabajo, sin embargo
muchos intermediarios vieron crecer su patrimonio.
Los encajes que en mayor cantidad se elaboraron,
fueron la puntilla y el entredós. Hasta bien entrado el siglo
XX se utilzó la vara como medida de longitud, que en Camariñas
equivale a ochenta centímetros.
Se podían contabilizar hasta casi un
millar de diseños diferentes, los más utilizados
y multitud de variantes. Con el tiempo y, en parte, motivado por
el mercado, se han perdido una gran cantidad de ellos, sobre todo
los de factura más laboriosa y de hilo más fino. Muchos
diseños de las labores de encaje tenían nombre propio
y hasta nosotros han llegado los que aún se hacen en la actualidad
: maravilla, ganapán, Simona, gitana, fieita, rosario, peineta,
eses, flor, corredor de Camelle, picos, ramo, corazón, berberecho,
tambores, carretera de Muxía, etc.
Capítulo a parte merece el singular modo de trabajar de
las palilleiras, que no lo hacían individualmente, sino reunidas
en una casa que era taller, escuela y hasta lugar de diversión.

LAS PALILLADAS:
Las "palilladas",
también llamadas "escolas" eran reuniones de mujeres
que se congregaban en la casa de una de ellas, en una habitación
llamada "sala", para hacer encaje. Su origen se desconoce,
pero se sabe que se remontan a varios siglos .
Comenzaban en el mes de septiembre y finalizaban en marzo, de
manera que coincidían con la época de menor actividad
agrícola ; se hacían de lunes a sábado y ocupaban
todo el día hasta la madrugada. Los domingos se fregaba la
escuela y se acostumbraba a lavar los palillos y llenarlos de hilo
para no perder tiempo durante la semana. Asistían palilleiras
de todas las edades y a las niñas pequeñas, para que
no perdiesen el tiempo yendo a casa, sus madres les llevaban la
comida a la palillada.
Todas las palilleiras estaban dirigidas por una de las más
viejas. Colocaban un banco de madera en el centro de la sala y se
sentaban en el suelo, con las piernas cruzadas y apoyando las almohadas
en el banco. La palilleira que estaba comprometida se situaba en
una esquina con un banquito para que pudiese hablar con su enamorado.
Las mayores, a las que se tenía gran respeto, se sentaban
a un lado del banco y las más jóvenes frente a ellas,
siendo costumbre en muchas palilladas que las madres se sentasen
al lado de sus hijas.
A las palilleras que se dedicaban enteramente a la labor del encaje,
se les llamaba "caseteiras" porque no tenían que
atender a labores agrícolas o a los animales ; las que vivían
de las labores de la tierra solamente palillaban por la noche o
cuando hacía mal tiempo.
Casi todas las palilleiras hacían una tarea que tenían
que terminar en el día, consistía en un determinado
número de puntillas o prendidos. Algunas ancianas recuerdan
los diversos castigos a que eran sometidas si no terminaban su labor
y en muchas ocasiones palillaban hasta el amanecer.
Uno
de los principales motivos que justificaba la existencia de estas
palilladas era el ahorro de energía
; por aquel entonces se utilizaba la luz de carburo o el candil
de gas, que pagaban entre todas las mujeres. Estas fuentes de luz
desaparecieron con la llegada de la energía eléctrica.
En algunas palilladas las mujeres que se situaban más cerca
de la luz tenían que pagar más que las otras. Por
otro lado, la palilleira rinde más trabando en compañía
y también se sacaban el sueño unas a otras. Eran tradicionales
las largas conversaciones y entonar diversas cantigas.
A pesar de ser tiempos difíciles también había
momentos para la diversión. Los
jóvenes tenían su día de cortejo -días
distintos según las aldeas- y se organizaban bailes durante
toda la temporada, siendo los más sonados los de carnaval.
La música solía ser de pandereta y acordeón
y se bailaban muiñeiras, mazurcas, pasodobles, valses y jotas
gallegas, y cuando no había instrumentos usaban conchas,
cucharas o botellas de anís. Antes de comenzar el baile los
mozos estaban fuera, cantaban una copla y les respondían
las palilleiras desde dentro de la sala.
Una vez dentro los mozos, las palilleiras entonaban canciones
infantiles que se prestaban para sacarlos a bailar, jugando a la
rueda.
Las palilladas regían, en cierto modo, la vida cotidiana
de la comarca, como lo hacían "las
fiadas" en los lugares en los que se hilaba el lino, aunque
de éstas últimas se tienen noticias que revelan un
carácter más descarado.
Las palilladas han pervivido hasta nuestros días y aunque
han perdido en parte su antigua naturaleza, siguen siendo un punto
de encuentro para las palilleiras y una escuela para las aprendizas.

LOCALIZACIÓN DEL ENCAJE DE CAMARIÑAS
Como ya se ha señalado anteriormente, se denomina Encaje
de Camariñas a todo el realizado en la comarca a la que esta
villa pertenece, podría decirse, incluso, que todo el encaje
gallego se conoce por esta denominación. El motivo, según
los investigadores de esta artesanía, se debe a que en los
momentos de mayor exportación, los comerciantes intermediarios
eran casi todos naturales de este ayuntamiento y por generalización
perduró tal calificativo.
Las zonas encajeras se localizaban fundamentalmente en el litoral
y en cada lugar se producían diferentes tipos de encaje,
pañuelos, puntillas estrechas, puntillas anchas, un diseño
concreto, hilos de diferente grosor, etc. A continuación
señalamos los municipios productores de encaje de bolillos
más importantes de la provincia de A Coruña :
Camariñas (Arou, Camariñas, Camelle, Santa Mariña,
Ponte do Porto, Xaviña), Muxía (Leis, Merexo, Muxía,
Os Muíños), Vimianzo (Braño, Carantoña,
Carnés, Cereixo, Tufións, Vimianzo), Cabana, Carnota,
Corcubión, Dumbría, Fisterra, Laxe, Muros, Noia Santa
Uxía de Ribeira, Betanzos y Santiago de Compostela.
En el resto de Galicia, se elaboraban encajes en la provincia
de Pontevedra y en las zonas de Fonsagrada y Viveiro en Lugo.
Presencia del encaje de Camariñas en grandes exposiciones
:
Exposición de productos naturales
y manufacturados de La Coruña. A Coruña, 1878.
En esta exhibición destacaron las labores de bordados, encajes
y pasamanerías.
Exposición Universal de Barcelona,
1888.
Se concedió medalla de oro y diploma a José Pardiñas
"por muestras de encajes".
Exposición Universal de París,
1889.
Se concedió diploma conmemorativo, sección Encajes,
a José Pardiñas.
Exposición de encajes y lencería
de los Amigos del Arte. Madrid, 1915.
En la que estuvo presente el encaje gallego.
Exposición Regional. Santiago, 1949.
Concurrieron encajes de toda Galicia.
Exposición de Encaixes de Camariñas.
Museo Provincial de Pontevedra, 1978 y 1979.
Esta exposición sirvió para "descubrir"
y potenciar la difusión del encaje en Galicia.
Exposición de Alta Lencería
en Encaixes de Camariñas. Galería Citania. Santiago
de Compostela, 1980.
Supuso la entrada, por vez primera, del encaje de Camariñas
en una galería de arte.
I Muestra Nacional de Encaje de Bolillos de
España. Almagro (Ciudad Real), 1980.
La presencia de encaje de Camariñas en esta exposición
fue notable, aportando doscientas piezas. Entre todas destacaron
varias del siglo XVI, aportadas por Angélica Miñones;
otras del siglo XVII fueron facilitadas por la parroquia de San
Xurxo de Camariñas.

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